Jonestown: la utopía que terminó con 918 muertos

1
rodri5visualizaciones

El cartel seguía colgado sobre la entrada.

“GREETINGS. PEOPLES TEMPLE AGRICULTURAL PROJECT.”

Bienvenidos.

Detrás comenzaba un camino de tierra que se internaba en la selva de Guyana. A ambos lados crecían plataneras. Más adelante aparecían dormitorios, talleres, una cocina, una escuela, una clínica, campos de cultivo y un enorme pabellón abierto donde se reunían los habitantes.

Aquel lugar tenía incluso un nombre informal.

Jonestown.

Había sido construido para demostrar que otra sociedad era posible: interracial, socialista, autosuficiente y alejada de los prejuicios de Estados Unidos.

El 18 de noviembre de 1978 vivían allí alrededor de mil personas.

Al día siguiente, casi todas estaban muertas.

La entrada a Jonestown, probablemente fotografiada el 17 o 18 de noviembre de 1978. Sobre la carretera puede leerse «Greetings, Peoples Temple Agricultural Project». El pequeño edificio verde situado a la derecha funcionaba como puesto de seguridad. La fotografía fue recuperada por el FBI y publicada posteriormente mediante la Freedom of Information Act.

El hombre que prometía un mundo mejor

Antes de convertirse en uno de los líderes sectarios más famosos de la historia, James Warren Jones había conseguido construir una imagen pública sorprendentemente respetable.

Nacido en Indiana en 1931, Jones se sintió atraído desde joven por la religión y por la capacidad que tenían los predicadores para dominar emocionalmente una congregación.

Pero había otra cuestión que lo diferenciaba de muchos religiosos estadounidenses de su época.

Jones defendía abiertamente la integración racial.

En los Estados Unidos de los años cincuenta, cuando buena parte del país seguía viviendo bajo sistemas de segregación, fundó una congregación en Indianápolis donde personas blancas y negras rezaban juntas.

El grupo acabaría llamándose Peoples Temple, el Templo del Pueblo.

Jones denunciaba el racismo, ayudaba a ancianos, ofrecía comida a familias necesitadas y defendía una sociedad mucho más igualitaria.

Su mensaje tenía una enorme capacidad de atracción.

No decía a la gente:

«Seguidme y algún día moriréis conmigo».

Decía prácticamente lo contrario:

«Aquí nadie estará solo. Aquí cuidaremos unos de otros».

Esa diferencia es esencial para comprender todo lo que ocurrió después.

Jim Jones Speaks At Rally

Jim Jones durante uno de sus actos públicos en California. Antes de Jonestown, Jones cultivó una imagen de predicador progresista y defensor de la integración racial que le permitió atraer a miles de simpatizantes.

Una congregación que ofrecía algo real

Uno de los errores habituales al contar Jonestown consiste en presentar a sus habitantes como personas irracionales que simplemente cayeron bajo el hechizo de un lunático.

La realidad es más interesante.

El Peoples Temple sí hacía cosas valiosas.

Ofrecía asistencia a personas mayores.

Ayudaba a quienes tenían pocos recursos.

Acogía a personas marginadas.

Defendía públicamente los derechos civiles.

Y reunía bajo el mismo techo a blancos y negros en una época en la que eso todavía tenía una enorme carga política.

La familia del propio Jones servía además como propaganda de ese ideal. Jim y su esposa Marceline adoptaron niños de distintos orígenes raciales y describían su hogar como una “Rainbow Family”.

En California, el movimiento creció rápidamente.

A principios de los años setenta ya no era simplemente una iglesia.

Era también una poderosa organización política y social.

Jones apareció junto a figuras públicas, participó en campañas y consiguió establecer relaciones con dirigentes de San Francisco.

El Peoples Temple podía movilizar a cientos de personas.

Eso significaba votos.

Y los políticos lo sabían.

Jim Jones rodeado de niños del Peoples Temple en Redwood Valley, California, alrededor de 1971-1972. Fotografías como ésta ayudan a entender por qué la organización podía presentarse como una comunidad familiar, interracial y progresista mucho antes de que Jonestown existiera.

Del idealismo al control

La transformación fue gradual.

Las reuniones comenzaron a durar horas.

Los seguidores eran sometidos a confesiones públicas.

Jones exigía cada vez más dinero y propiedades.

Se involucraba en la vida sentimental y sexual de los miembros.

Quienes cuestionaban sus decisiones podían ser ridiculizados ante toda la congregación.

También realizaba supuestas curaciones milagrosas.

Personas enfermas subían al escenario y parecían recuperar repentinamente la salud.

Jones aseguraba poder detectar cánceres, eliminar enfermedades y realizar proezas sobrenaturales.

Parte de aquellas demostraciones estaban manipuladas.

Pero reforzaban una idea cada vez más peligrosa:

Jim Jones no era simplemente el pastor.

Era alguien cuya autoridad no debía cuestionarse.

Al mismo tiempo empezó a construir otro elemento fundamental para controlar a la comunidad.

El enemigo exterior.

Estados Unidos, según Jones, estaba dominado por racistas, fascistas, capitalistas, agencias gubernamentales y conspiradores que querían destruirlos.

Cada crítica al Peoples Temple confirmaba aparentemente su teoría.

Si un periodista investigaba al grupo, era porque existía una conspiración.

Si una familia intentaba recuperar a un hijo, era porque formaba parte de la persecución.

Y si un miembro abandonaba el grupo y denunciaba abusos, Jones podía presentar aquello como una traición.

La comunidad se cerraba sobre sí misma.

La solución estaba a 7.000 kilómetros

En 1974 el Peoples Temple comenzó a desarrollar un proyecto agrícola en Guyana, una pequeña nación de Sudamérica.

El lugar tenía varias ventajas.

Era remoto.

Hablaba inglés.

Tenía un Gobierno políticamente próximo a algunas ideas socialistas defendidas por Jones.

Y, sobre todo, estaba lejos de las autoridades estadounidenses.

La organización obtuvo terrenos en plena selva.

Allí empezó a surgir una pequeña ciudad.

Vista aérea de Jonestown. A la derecha pueden distinguirse las viviendas; a la izquierda se encontraba el núcleo comunitario con la cocina, el comedor y el gran pabellón. El aislamiento geográfico era enorme: la selva se convertía prácticamente en una frontera natural.

Jones describía aquel lugar como un paraíso.

Una sociedad sin racismo.

Sin capitalismo.

Sin pobreza.

Una comunidad donde todos trabajarían para todos.

Su nombre oficial era Peoples Temple Agricultural Project.

Todo el mundo acabaría llamándolo Jonestown.

El centro de Jonestown visto desde su carretera principal. A la izquierda estaban los dormitorios; más adelante puede distinguirse el pabellón central. También aparecen la antena de radio, dependencias médicas y edificios dedicados a almacenar y preparar alimentos.

Y durante un tiempo pareció funcionar

Este aspecto suele desaparecer en los relatos sobre Jonestown.

Antes de convertirse en escenario de una masacre, fue una comunidad real.

Había huertos.

Animales.

Cocinas.

Talleres.

Una clínica.

Escuela.

Actividades musicales.

Equipos deportivos.

Los habitantes construían edificios, reparaban maquinaria y cultivaban alimentos.

Uno de los tractores Massey Ferguson utilizados en Jonestown. El proyecto pretendía convertirse en una explotación agrícola autosuficiente, aunque la capacidad real para producir alimentos nunca alcanzó las expectativas que Jones había vendido a sus seguidores.

Y había muchísimos niños.

Éste es probablemente uno de los elementos visuales que más cambia la percepción del caso.

Las fotografías anteriores al 18 de noviembre muestran niños jugando, estudiando o caminando por la selva.

No parecen fotografías de una secta apocalíptica.

Parecen fotografías de un campamento.

Kimo Prokes y otros niños jugando en Jonestown. La fotografía fue tomada por residentes del asentamiento y recuperada por el FBI después de la masacre. Más de 300 menores morirían el 18 de noviembre.

Un grupo de niños de Jonestown en la selva de Guyana. Las fotografías cotidianas de los menores resultan especialmente difíciles de observar conociendo el desenlace: aproximadamente un tercio de las víctimas de Jonestown fueron niños.

La escuela de la utopía

Jonestown disponía incluso de un sistema educativo.

Los niños asistían a clases dentro del asentamiento y había instalaciones para preescolar y estudiantes de diferentes edades.

Una clase en Jonestown en 1978. Los alumnos trabajan con cuadernos mientras los profesores Don Jackson y Jann Gurvich permanecen de pie. La existencia de una escuela ayudaba a reforzar la imagen de Jonestown como una comunidad permanente y autosuficiente.

Todo aquello tenía una segunda lectura.

Los niños crecían dentro de una comunidad cada vez más aislada del exterior.

Para algunos de ellos, prácticamente todo su universo era Jonestown.

Y sobre ese universo flotaba constantemente una voz.

La de Jim Jones.

La voz que nunca se apagaba

Había altavoces repartidos por el asentamiento.

Jones utilizaba el sistema para hablar durante horas.

Daba instrucciones.

Comentaba noticias.

Lanzaba discursos políticos.

Denunciaba supuestas conspiraciones.

Advertía de ataques inminentes.

Podía hacerlo también de madrugada.

Antiguos miembros recordarían posteriormente que su voz parecía estar en todas partes.

En los dormitorios.

En los campos.

En los caminos.

Incluso cuando ibas al baño.

PBS recoge el testimonio de Jordan Vilchez, miembro del Peoples Temple, explicando que Jones podía escucharse prácticamente en cualquier punto del asentamiento.

Mientras tanto, su propio estado se deterioraba.

Consumía medicamentos.

Su salud empeoraba.

Sus discursos eran cada vez más paranoicos.

Jim Jones hablando en Jonestown a comienzos de octubre de 1978, pocas semanas antes de la masacre. Para entonces su estado físico se había deteriorado y sus discursos se habían vuelto cada vez más obsesivos y apocalípticos.

Jones quería huir incluso de Guyana

La paranoia llegó hasta un punto casi surrealista.

Jones comenzó a considerar la posibilidad de trasladar nuevamente toda la comunidad.

Esta vez a la Unión Soviética.

Representantes soviéticos llegaron a visitar Jonestown.

El funcionario de la embajada soviética Feodor Timofeyev habla ante los habitantes de Jonestown a comienzos de octubre de 1978. Jim Jones aparece al fondo. El Peoples Temple llegó a estudiar seriamente un posible traslado colectivo a la Unión Soviética.

La idea no llegó a materializarse.

Jones se estaba quedando sin lugares a los que escapar.

Las «Noches Blancas»

La muerte no apareció repentinamente el 18 de noviembre.

Había sido ensayada.

Jones convocaba periódicamente reuniones de emergencia conocidas como White Nights, las Noches Blancas.

Se hacía sonar la alarma.

Los habitantes acudían al pabellón.

Jones anunciaba que el asentamiento estaba amenazado.

En algunas ocasiones les decía que había llegado el momento de morir.

Los seguidores recibían vasos con una bebida supuestamente envenenada.

La bebían.

Esperaban.

Y entonces Jones revelaba que no contenía veneno.

Había sido una prueba de lealtad.

El FBI confirmó posteriormente que entre las denuncias recibidas antes de la tragedia figuraban precisamente ensayos de suicidio colectivo, junto a acusaciones de palizas, trabajos forzados, confinamiento y uso de drogas para controlar el comportamiento.

Cada ensayo hacía que la siguiente repetición resultara algo menos inconcebible.

El pabellón central de Jonestown fotografiado por el FBI después del 18 de noviembre. En él se celebraban las grandes reuniones de la comunidad y allí tuvo lugar el acto final. Sobre la estructura todavía podía leerse una cita bíblica: «Where the Spirit of the Lord is, there is liberty» («Donde está el espíritu del Señor, hay libertad»).

Las familias empezaron a denunciar lo que ocurría

En Estados Unidos se estaba formando un grupo de familiares llamado Concerned Relatives.

Decían que algunos residentes querían abandonar Guyana pero no podían hacerlo.

Hablaban de amenazas.

De niños retenidos.

De personas sometidas a castigos.

De miembros que ya no podían controlar su dinero ni sus documentos.

Aquellas denuncias llegaron hasta el congresista estadounidense Leo Ryan.

Ryan decidió viajar personalmente a Guyana.

El FBI sitúa la llegada de la delegación al país el 14 de noviembre de 1978 y su entrada posterior en Jonestown acompañada por periodistas y representantes estadounidenses.

Leo Ryan, de espaldas a la cámara, durante su visita a Jonestown. El congresista había viajado a Guyana para comprobar personalmente las denuncias formuladas por familiares y antiguos miembros del Peoples Temple.

Jones hizo todo lo posible para que la visita pareciera normal.

Hubo música.

Comida.

Discursos.

Residentes sonrientes hablaron con los periodistas.

Algunos aseguraron que Jonestown era el mejor lugar donde habían vivido.

Por unas horas, la estrategia pareció funcionar.

Entonces uno de los residentes entregó discretamente una nota.

Había personas que querían marcharse.

La grieta

Ryan anunció que quienes quisieran abandonar Jonestown podían regresar con su delegación.

Varios residentes aceptaron.

Para Jones aquello era una catástrofe.

No se trataba solamente de perder miembros.

Los desertores llegarían a Estados Unidos.

Hablarían.

Contarían lo que habían visto.

Y demostrarían que la idea de que nadie quería abandonar Jonestown era falsa.

La fachada empezó a derrumbarse en cuestión de horas.

Parte del equipo de periodistas que acompañó a Leo Ryan fotografiado en Port Kaituma. Varios miembros de la prensa que documentaron la visita serían asesinados pocas horas después.

El 18 de noviembre, mientras la delegación se preparaba para marcharse, un miembro del Peoples Temple llamado Don Sly intentó atacar a Leo Ryan con un cuchillo.

Ryan sobrevivió.

Pero comprendió que la situación se había vuelto extremadamente peligrosa.

El congresista, los periodistas y los desertores abandonaron Jonestown rumbo al pequeño aeródromo de Port Kaituma.

Jim Jones ya había tomado otra decisión.

El tractor que apareció en el aeródromo

La delegación llegó a Port Kaituma.

Dos pequeñas aeronaves debían sacar al grupo de allí.

Mientras los pasajeros se preparaban para despegar, apareció un vehículo procedente de Jonestown.

Transportaba hombres armados.

Comenzaron a disparar.

Uno de los aviones de Guyana Airways en el aeródromo de Port Kaituma. Este pequeño campo de aviación se convirtió en el escenario del ataque que desencadenó el desenlace de Jonestown.

El periodista de NBC Bob Brown siguió grabando mientras los hombres se acercaban.

La cámara captó parte del ataque.

Después Brown fue asesinado.

También murieron el periodista Don Harris, el fotógrafo Greg Robinson y la residente Patricia Parks.

Leo Ryan recibió numerosos disparos y murió en la pista.

Cinco personas fueron asesinadas allí.

El registro del Jonestown Institute identifica precisamente a Ryan, Harris, Brown, Robinson y Parks como las cinco víctimas de Port Kaituma.

Port Kaituma tras el ataque a la delegación de Leo Ryan. La masacre del aeródromo significaba que Jim Jones ya no podía ocultar lo que estaba ocurriendo en Guyana: el asesinato de un congresista estadounidense provocaría inevitablemente una respuesta internacional.

En Jonestown ya estaban preparando el veneno

Mientras ocurría el ataque en Port Kaituma, Jones reunió a la comunidad en el pabellón.

Sabía que el asesinato de Ryan significaba el final.

Estados Unidos reaccionaría.

Llegarían investigadores.

Llegaría la policía.

Jonestown sería desmantelado.

Entonces recuperó la idea que llevaba años introduciendo entre sus seguidores.

La muerte colectiva.

Una grabadora estaba funcionando.

La cinta sobrevivió.

Posteriormente el FBI la identificaría como Q042.

En ella puede escucharse gran parte de la última reunión.

Jones insiste en que no se trata de un suicidio.

Lo denomina “revolutionary suicide”.

Suicidio revolucionario.

Pero no todos estaban de acuerdo.

Christine Miller dijo que no

Una mujer llamada Christine Miller se enfrentó verbalmente a Jones.

Le recordó que los niños tenían derecho a vivir.

Preguntó si no existía otra salida.

Sugirió intentar trasladarse a la Unión Soviética.

Jones discutió con ella.

La multitud comenzó a intervenir.

Algunos seguidores recriminaron a Miller que cuestionara al líder.

Su oposición acabó desapareciendo bajo la presión de la comunidad.

Es uno de los fragmentos más reveladores de todo el caso.

Porque demuestra que aquello no fue una decisión unánime.

Empezaron por los niños

Se preparó una mezcla con una bebida dulce de frutas y productos venenosos.

El componente letal era cianuro.

Durante décadas la cultura popular convirtió el episodio en la frase inglesa “drink the Kool-Aid”.

Pero la bebida utilizada en Jonestown era principalmente otra marca mucho más barata:

Flavor Aid.

Los primeros en recibirla fueron los niños.

A algunos bebés les administraron el líquido utilizando jeringuillas sin aguja.

Después llegaron los niños mayores.

Los gritos pueden escucharse en las grabaciones.

Jones intenta calmar a los padres.

Después comenzaron los adultos.

Uno de los grandes recipientes encontrados junto al pabellón después de las muertes. Alrededor permanecían medicamentos, vasos y jeringuillas. La presencia de personas inyectadas y de cientos de menores convierte la descripción de Jonestown como simple «suicidio colectivo» en una simplificación problemática.

¿Suicidio o asesinato?

Algunas personas probablemente bebieron voluntariamente.

Sería incorrecto negar que Jones conservaba seguidores fanáticamente leales.

Pero describir lo ocurrido simplemente como “900 personas que decidieron suicidarse” tampoco se sostiene.

Había guardias armados.

Hubo personas que intentaron huir.

Existían métodos de coerción.

Algunas víctimas presentaban indicios de haber sido inyectadas.

Y, sobre todo, había centenares de niños.

Un niño pequeño no puede prestar consentimiento para participar en un “suicidio revolucionario”.

Por eso numerosas reconstrucciones modernas utilizan términos como mass murder-suicide (asesinato-suicidio masivo) y consideran Jonestown tanto una masacre como un suicidio colectivo. HISTORY señala igualmente que las más de 900 muertes deben entenderse en buena medida como asesinato y no exclusivamente como suicidio.

Cuando todo terminó

Los cadáveres cubrían el área alrededor del pabellón.

Algunos estaban abrazados.

Otros habían caído unos encima de otros.

Niños junto a sus padres.

Familias enteras.

Jim Jones apareció muerto con una herida de bala en la cabeza.

No se ha podido establecer con absoluta certeza si se disparó él mismo o si alguien lo hizo por él.

Vista aérea del área central de Jonestown después de la masacre. La enorme concentración de cadáveres provocó inicialmente errores de recuento: muchos cuerpos estaban ocultos bajo otros.

El número final de muertos relacionados con los acontecimientos del 18 de noviembre fue 918.

909 murieron en Jonestown.

Cinco fueron asesinados en Port Kaituma.

Y otras cuatro personas —Sharon Amos y tres de sus hijos— murieron en la sede del Peoples Temple en Georgetown.

El Jonestown Institute mantiene actualmente un registro individualizado de las 918 víctimas.

909 personas en un solo lugar

La cifra resulta difícil de visualizar.

Por eso las imágenes son fundamentales.

Jonestown no fue una habitación llena de cadáveres.

Fue prácticamente un pueblo entero muerto.

La masacre de Jonestown: el mayor suicidio colectivo de la historia que dejó más de 900 muertos.

Jonestown visto desde el aire después de la masacre. La fotografía permite apreciar las viviendas, las zonas cultivadas y el núcleo central de una comunidad que pocas horas antes albergaba a cerca de un millar de personas.

Algunos consiguieron escapar

Jonestown no quedó completamente vacío.

Un pequeño número de personas consiguió huir.

Stanley Clayton escapó hacia la selva.

Odell Rhodes también logró alejarse del pabellón.

Otros residentes se encontraban fuera del asentamiento ese día.

Tres hijos de Jim Jones estaban en Georgetown participando en un torneo de baloncesto.

PBS estima que aproximadamente 80 residentes de Jonestown estaban fuera aquel día y sobrevivieron.

Existe además una superviviente especialmente singular.

Hyacinth Thrash, de 76 años.

La mujer se encontraba enferma y permaneció en su alojamiento.

Al día siguiente, cuando las autoridades llegaron, era la única superviviente que seguía físicamente dentro del asentamiento.

El silencio después de Jim Jones

Las fotografías tomadas por el FBI en los días posteriores transmiten algo distinto de las imágenes de los cadáveres.

Silencio.

Caminos vacíos.

Dormitorios vacíos.

Talleres abandonados.

Juguetes.

Animales.

Objetos personales.

Aquella comunidad que durante meses había estado llena de voces quedó prácticamente congelada.

Una de las pasarelas interiores de Jonestown. A la derecha aparecen varios dormitorios. Fotografías como ésta permiten comprender que no se trataba de un simple campamento, sino de un asentamiento considerable con viviendas, instalaciones comunes y servicios.

Patricia Houston observa uno de los loros de Jonestown. Este tipo de fotografías cotidianas resulta esencial para comprender el caso: las víctimas no eran una masa anónima, sino personas que trabajaban, cuidaban animales, estudiaban y formaban familias dentro del asentamiento.

El FBI encontró algo más que cadáveres

Tras la tragedia comenzó una enorme investigación internacional.

El FBI intervino porque había sido asesinado un miembro del Congreso estadounidense.

Agentes recopilaron fotografías, documentos, grabaciones y testimonios.

El material recuperado terminó formando uno de los archivos más extraordinarios existentes sobre una organización sectaria.

Había cientos de cintas.

Miles de páginas.

Fotografías familiares.

Registros médicos.

Discursos.

Cartas.

Documentos internos.

Gracias a todo ello, hoy podemos reconstruir Jonestown con un nivel de detalle extraordinario.

El FBI también identificó a Larry Layton, participante en el ataque de Port Kaituma, como el único miembro del Peoples Temple finalmente juzgado en Estados Unidos por delitos relacionados directamente con Jonestown. Fue condenado y recibió inicialmente cadena perpetua.

La foto más cruel no muestra ningún cadáver

Quizá las fotografías más perturbadoras de Jonestown no sean las tomadas después del 18 de noviembre.

Son las anteriores.

Niños jugando.

Personas comiendo.

Alguien trabajando con un tractor.

Una mujer mirando un loro.

Gente caminando entre las casas.

Porque conocemos algo que ellos todavía no sabían.

Sabemos que se acerca el 18 de noviembre.

Vista general de Jonestown desde el este. Pueden distinguirse las viviendas, dormitorios, duchas y terrenos preparados para cultivos. La fotografía ayuda a apreciar el tamaño real del proyecto agrícola construido en mitad de la selva.

Por qué siguieron a Jim Jones

La pregunta sigue apareciendo casi medio siglo después.

¿Cómo pudo una sola persona controlar a tanta gente?

Quizá porque la pregunta está mal formulada.

Jim Jones no obtuvo todo ese poder de golpe.

Fue acumulándolo.

Primero ofreció pertenencia.

Después ayuda.

Después una identidad común.

Después una causa.

Después pidió compromiso.

Después dinero.

Después obediencia.

Después aisló al grupo.

Después convirtió al exterior en enemigo.

Después hizo que abandonar el movimiento significara abandonar también amigos, familia, hogar e identidad.

Y finalmente llevó a cientos de personas a una comunidad en mitad de la selva donde controlaba buena parte de la información, los medios de comunicación y el transporte.

Una frase utilizada por la antigua miembro Deborah Layton en el documental de PBS resume bien ese proceso: nadie entra voluntariamente en algo pensando que está uniéndose a una organización que acabará haciéndole daño. La gente entra en movimientos cuyos ideales le resultan atractivos.

Eso explica Jonestown mucho mejor que la idea simplista de un “lavado de cerebro” instantáneo.

La expresión que sobrevivió a la masacre

Jonestown dejó una frase dentro del inglés coloquial.

“Drink the Kool-Aid.”

Se utiliza para describir a alguien que acepta ciegamente las ideas de una organización, empresa, líder o ideología.

La expresión resulta irónica por dos motivos.

Primero, porque la bebida empleada principalmente en Jonestown era Flavor Aid, no Kool-Aid.

Pero sobre todo porque transforma una masacre en una metáfora sobre credulidad.

Y las víctimas fueron algo mucho más complejo que un grupo de personas ingenuas.

Muchos habían llegado atraídos por ideales perfectamente comprensibles:

justicia social,

integración racial,

comunidad,

igualdad económica,

seguridad.

Jones convirtió esas aspiraciones en mecanismos de control.

Jonestown en streaming

Una de las mejores formas actuales de complementar esta historia es la miniserie documental Masacre en la secta: Jonestown (Cult Massacre: One Day in Jonestown).

La producción es de 2024 y está construida alrededor de supervivientes, testigos y abundante material audiovisual del propio caso.

Disney+ España confirma actualmente que consta de una temporada de tres episodios.

Episodio 1: La tierra prometida

Reconstruye el ascenso de Jones, la construcción de la comunidad y la aparición de las primeras denuncias de abusos.

Episodio 2: Lo mucho que te he querido

Se centra en la visita de Leo Ryan, el intento de algunos residentes de abandonar Jonestown y el rápido deterioro de la situación.

Episodio 3: Paraíso Perdido

Aborda el desenlace, el descubrimiento de la masacre y la búsqueda de supervivientes.

Los tres capítulos duran aproximadamente 44 minutos cada uno según la ficha española de Apple TV, que además confirma subtítulos en español de España y español latinoamericano.

Disney+:

https://www.disneyplus.com/es-es/browse/entity-8acd6989-8323-4b09-b533-ceb4ead85d3f

Apple TV:

https://tv.apple.com/es/show/masacre-en-la-secta-jonestown/umc.cmc.1e9km4an6n4nr6gnz09d4yxcy

Pie:

Masacre en la secta: Jonestown, miniserie documental de 2024 que reconstruye las últimas horas del Peoples Temple mediante testimonios de supervivientes y abundante material de archivo.

18 de noviembre de 1978

Resulta fácil mirar las imágenes de Jonestown y pensar que aquellas personas pertenecían a un mundo completamente distinto.

Que eran fanáticos.

Que eran excepcionalmente crédulos.

Que algo semejante sólo puede ocurrirle a otros.

Es una conclusión reconfortante.

También probablemente equivocada.

Muchas de las personas que aparecen en estas fotografías habían entrado en el Peoples Temple porque querían vivir en una sociedad más justa.

Querían igualdad racial.

Querían comunidad.

Querían ayudar a otros.

Querían pertenecer a algo.

Jim Jones convirtió lentamente esas necesidades humanas perfectamente normales en dependencia.

Después convirtió la dependencia en obediencia.

Y la obediencia en aislamiento.

Cuando finalmente decidió que todos debían morir, llevaba años preparándolos para aceptar que fuera de la comunidad no existía ningún futuro.

El pabellón vacío después de la masacre. Sobre él permanecía escrita una frase bíblica que, contemplada después del 18 de noviembre de 1978, adquirió una ironía brutal: «Donde está el espíritu del Señor, hay libertad».

En algún momento de aquella tarde, Christine Miller intentó decir que todavía existía otra opción.

Que los niños podían vivir.

Que podían marcharse.

Que no era necesario morir.

No consiguió convencer a Jim Jones.

Después comenzaron con los niños.

Cuando terminó el día habían muerto 918 personas como consecuencia de los acontecimientos de Jonestown, Port Kaituma y Georgetown.

909 estaban dentro del asentamiento.

Cinco habían sido asesinadas en el aeródromo.

Cuatro murieron en Georgetown.

Entre las víctimas había más de trescientos menores.

La comunidad que Jim Jones había presentado como una demostración de que otro mundo era posible había desaparecido prácticamente en una tarde.

Pero las fotografías sobrevivieron.

Y quizá sean la mejor manera de entender lo ocurrido.

Porque antes de mostrar cadáveres, muestran personas.

Niños estudiando.

Hombres trabajando.

Mujeres paseando.

Familias.

Animales.

Una escuela.

Una granja.

Una comunidad construida en mitad de la selva.

Eso era Jonestown.

Hasta que dejó de serlo.

0 comentarios