Pensé que el destino no existía.
Hace cuatro años conocí a una chica en una cafetería. Cruzamos un par de palabras porque ambos habíamos pedido el mismo café. Me sonrió, me deseó un buen día y se fue.
No le pedí su número.
Durante meses me arrepentí de no haberlo hecho.
Un año después, la volví a ver por casualidad en un concierto. Ella también me reconoció. Hablamos un rato, pero sus amigos la llamaron y, otra vez, cada uno siguió su camino.
"Si el destino quiere, nos volveremos a encontrar", bromeó antes de irse.
Pensé que era una frase bonita, nada más.
Dos años después, cambié de trabajo. El primer día entré a la oficina, me senté en mi escritorio y escuché una voz detrás de mí:
—No puede ser... otra vez tú.
Era ella.
Hoy llevamos un año viviendo juntos.
A veces me pregunta qué habría pasado si le hubiera pedido el número aquella primera vez.
Siempre le respondo lo mismo:
—Probablemente nos habríamos conocido igual. Solo que el destino se habría ahorrado tanto esfuerzo.
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