Robert Ben Rhoades: la mazmorra sobre ruedas del «asesino de las paradas de camiones»

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Durante años, miles de camioneros recorrieron las interminables autopistas estadounidenses transportando mercancías entre estados. Robert Ben Rhoades hacía lo mismo, pero el interior de su vehículo escondía algo muy diferente.

Detrás de la zona de conducción había acondicionado un espacio con cadenas, correas y otros instrumentos destinados a inmovilizar y torturar a sus víctimas. Una habitación sin dirección fija, capaz de cruzar fronteras estatales y desaparecer cientos de kilómetros después de un secuestro.

Era, en la práctica, una mazmorra sobre ruedas.

Rhoades terminó siendo conocido como The Truck Stop Killer, el asesino de las paradas de camiones. Fue condenado a cadena perpetua por varios asesinatos y relacionado con cuatro víctimas conocidas, aunque investigadores estadounidenses llegaron a estudiar la posibilidad de que su historial criminal fuese mucho mayor. Durante años cotejaron sus rutas como camionero con desapariciones ocurridas por todo Estados Unidos y estimaron que podría estar relacionado con decenas de mujeres desaparecidas. La cifra de 50 víctimas, repetida frecuentemente al hablar del caso, nunca llegó a demostrarse.

Robert Ben Rhoades en la fotografía policial tomada tras su detención de 1990.

Fuente: Pinal County Jail

Un camionero sin nada especialmente llamativo

Robert Ben Rhoades nació el 22 de noviembre de 1945 en Council Bluffs, Iowa.

Su infancia no parece contener ningún episodio que permita explicar de forma sencilla lo que haría décadas después. Practicó deporte, participó en actividades escolares y llevó durante buena parte de su adolescencia una vida relativamente convencional.

Sí comenzó pronto a tener problemas con la ley. A los 16 años fue detenido por manipular un vehículo y al año siguiente por participar en una pelea.

En 1964 ocurrió además un episodio traumático dentro de su familia. Su padre fue acusado de abusar sexualmente de una niña de doce años y se suicidó antes de que el caso llegara a juicio.

Ese mismo año Rhoades ingresó en el Cuerpo de Marines de Estados Unidos. Su carrera militar tampoco duró demasiado. Acabó recibiendo una baja deshonrosa tras verse implicado en un robo. Después probó suerte en la universidad e incluso intentó ingresar en las fuerzas de seguridad, pero su historial militar cerró esa posibilidad.

Durante los años siguientes desempeñó trabajos muy diferentes: comercios, supermercados, almacenes y restaurantes. Finalmente encontró una profesión que transformaría por completo su vida.

Se convirtió en camionero de larga distancia.

Aquello le proporcionaba algo que posteriormente resultaría fundamental para sus crímenes: movilidad.

Un camionero podía estar un día en Texas, dos días después en Arizona y poco más tarde a cientos de kilómetros de distancia. En una época anterior a los teléfonos móviles, las cámaras de tráfico masivas y los sistemas actuales de localización, reconstruir esos movimientos era mucho más complicado.

Rhoades podía desaparecer dentro de la gigantesca red de carreteras estadounidense.

La otra vida de Robert Rhoades

Durante los años ochenta Rhoades empezó a frecuentar ambientes relacionados con el BDSM y desarrolló una marcada afición por las prácticas de dominación y sadomasoquismo.

Conviene establecer aquí una diferencia fundamental: las prácticas BDSM entre adultos que participan voluntariamente no tienen relación alguna con secuestrar, agredir o torturar a una persona contra su voluntad.

En el caso de Rhoades, la violencia dejó de formar parte de una práctica consensuada para convertirse en abuso y, finalmente, en una herramienta criminal.

Según las investigaciones posteriores, llegó a modificar la zona de descanso de su camión hasta convertirla en una auténtica cámara de cautiverio. Allí había cadenas y correas fijadas a la estructura, esposas y numerosos objetos que podían emplearse para infligir dolor.

La policía encontraría también cuerdas, látigos, pinzas, alfileres y anzuelos entre los objetos relacionados con sus actividades.

Robert Rhoades fotografiado durante los años en los que frecuentaba ambientes BDSM.

Fuente: La Vanguardia

Aquella combinación entre profesión y vehículo le proporcionaba una ventaja terrible.

Sus posibles víctimas (jóvenes autoestopistas, mujeres que encontraba en áreas de servicio o personas en situaciones vulnerables) podían subir voluntariamente al camión sin imaginar lo que había detrás de la cabina.

Después, Rhoades podía seguir conduciendo.

Una persona secuestrada en Texas podía terminar en Utah o Illinois antes siquiera de que alguien supiera que había desaparecido.

Una víctima que consiguió salir con vida

Uno de los episodios anteriores a los asesinatos conocidos permite comprender hasta qué punto Rhoades estuvo cerca de ser detenido antes.

En 1989 una joven de 18 años, identificada en distintas fuentes como Shana o Shan Holts, declaró haber permanecido aproximadamente dos semanas retenida en su camión.

Consiguió sobrevivir y contó a la policía que había sido agredida repetidamente.

El problema fue demostrarlo.

La joven terminó desistiendo de seguir adelante con la acusación. Temía que el caso quedara reducido a su palabra contra la de Rhoades y que nadie creyera su versión.

Rhoades quedó libre.

Poco después empezarían los asesinatos que sí pudieron reconstruirse posteriormente.

Patricia Walsh y Douglas Zyskowski

A finales de 1989, Patricia Candace Walsh, de 24 años, y Douglas Scott Zyskowski, de 26, habían abandonado Seattle y viajaban haciendo autostop.

Rhoades los recogió durante uno de sus trayectos.

El patrón que los investigadores atribuyeron posteriormente al camionero consistía en eliminar rápidamente al acompañante masculino cuando encontraba una pareja y conservar con vida a la mujer.

Zyskowski fue asesinado de un disparo. Su cuerpo apareció cerca de la Interestatal 10, en Texas, en enero de 1990, aunque no pudo ser identificado hasta 1992.

Walsh permaneció cautiva aproximadamente una semana.

Después fue asesinada y su cadáver abandonado en Millard County, Utah. Unos cazadores encontraron sus restos en octubre de 1990, pero durante trece años permanecieron sin identificar. No fue hasta 2003 cuando las técnicas forenses permitieron poner finalmente nombre a la víctima.

Durante mucho tiempo, aquellos dos cadáveres encontrados a más de mil kilómetros de distancia parecían pertenecer a investigaciones completamente independientes.

El camión de Rhoades era precisamente lo que permitía unir escenarios criminales tan alejados.

Regina Kay Walters

El nombre que terminaría quedando inseparablemente unido al de Robert Rhoades fue el de Regina Kay Walters.

Tenía solamente 14 años.

En febrero de 1990 había escapado de su casa en Pasadena, Texas, junto a su novio, Ricky Lee Jones. Ambos viajaban haciendo autostop cuando se cruzaron con Rhoades.

Según la reconstrucción de los investigadores, Jones fue asesinado poco después.

Regina permaneció con vida.

Durante semanas.

Regina Kay Walters antes de su desaparición.

Fuente: archivo familiar

Las fotografías que la policía encontraría posteriormente permitieron reconstruir parte de su cautiverio.

En unas imágenes Regina aparecía todavía con el cabello largo. En otras lo tenía mucho más corto. Los investigadores observaron también cambios físicos y lesiones que demostraban que las fotografías habían sido realizadas en distintos momentos.

Rhoades incluso llamó al padre de Regina desde teléfonos públicos.

En una de aquellas conversaciones le comunicó que le había cortado el pelo a su hija.

Las llamadas terminarían convirtiéndose en otra pieza contra él: los investigadores compararon los lugares desde donde habían sido realizadas con los registros de los viajes y repostajes del camionero. Las coincidencias ayudaron a reconstruir sus movimientos.

La fotografía

Entre todas las pruebas relacionadas con el caso existe una imagen especialmente inquietante.

Regina aparece dentro de un viejo granero.

Rhoades le había cortado el pelo y la había obligado a vestir un traje negro y zapatos de tacón. Mira directamente hacia la cámara mientras levanta las manos.

Al otro lado del objetivo estaba el hombre que la tenía secuestrada.

Una de las últimas fotografías de Regina Kay Walters, tomada por el propio Robert Rhoades.

Fuente: fotografía tomada por Robert Ben Rhoades y utilizada posteriormente como prueba en la investigación.

La fotografía no era solamente un macabro recuerdo.

Terminó convirtiéndose en una prueba crucial.

Cuando los investigadores compararon el escenario de la imagen con las fotografías tomadas donde apareció posteriormente el cuerpo de Regina, pudieron determinar que se trataba del mismo granero.

Rhoades había documentado accidentalmente parte de su propio crimen.

Regina fue asesinada por estrangulamiento y abandonada en aquel lugar, próximo a la Interestatal 70, en Illinois.

Su cuerpo fue encontrado el 29 de septiembre de 1990.

Para entonces Robert Rhoades llevaba casi seis meses detenido.

El policía que abrió la puerta equivocada para Rhoades

La carrera criminal del camionero terminó de una forma sorprendentemente casual.

Durante la madrugada del 1 de abril de 1990, el agente de la Patrulla de Carreteras de Arizona Mike Miller circulaba por la Interestatal 10, cerca de Casa Grande, cuando vio un camión detenido en el arcén con las luces de emergencia encendidas.

Pensó que el conductor podía necesitar ayuda.

Se acercó.

Rhoades le aseguró que no ocurría nada.

Entonces Miller escuchó a una mujer.

Al inspeccionar la cabina encontró en la parte posterior a una joven desnuda y encadenada. Estaba aterrorizada y presentaba lesiones.

Rhoades intentó explicar que se trataba de una práctica sexual consensuada.

La mujer dijo lo contrario.

Miller esposó al camionero y pidió refuerzos. También encontró que Rhoades llevaba una pistola automática del calibre .25.

Aquella parada rutinaria acababa de abrir una investigación que cruzaría varios estados.

El camión utilizado por Robert Rhoades.

Fuente: imagen de archivo

Fotografías, sangre y una investigación interestatal

La policía registró posteriormente tanto el camión como la vivienda de Rhoades.

Encontró objetos utilizados para mantener inmovilizadas a las víctimas y numerosas fotografías de mujeres.

Entre ellas aparecía Regina Walters.

También había imágenes relacionadas con Patricia Walsh.

Aquellas fotografías permitieron que investigadores de distintos estados empezaran a comprender que varios casos que hasta entonces parecían independientes podían tener un mismo responsable.

El detective Rick Barnhart, encargado de investigar el caso de Arizona, desempeñó un papel importante en la conexión de esas piezas.

Uno de los principales obstáculos era precisamente la geografía.

Una desaparición podía producirse en Texas.

El cadáver podía aparecer meses después en Illinois.

El asesinato podía haber ocurrido en algún punto intermedio.

Y el sospechoso podía encontrarse ya en Arizona.

Los límites entre jurisdicciones que normalmente organizan una investigación policial jugaban, en este caso, a favor del asesino.

Las rutas de Rhoades y las víctimas que nunca pudieron probarse

Tras su detención, los investigadores empezaron a reconstruir los movimientos que Robert Rhoades había realizado durante años como camionero.

Sus registros de ruta fueron comparados con desapariciones y cadáveres sin identificar localizados en diferentes lugares de Estados Unidos.

De aquellas comparaciones surgió la hipótesis más escalofriante del caso.

Los investigadores consideraban posible que Rhoades hubiese empezado a atacar mujeres muchos años antes de su captura.

Algunas fuentes sitúan el posible comienzo de su actividad criminal hacia 1975, es decir, unos quince años antes de su detención.

A partir de las rutas recorridas por el camionero y de desapariciones compatibles con su perfil de víctimas llegó a manejarse una cifra aproximada de 50 posibles asesinatos.

Algunos investigadores incluso sospechaban que, en los periodos de mayor actividad, podía estar secuestrando varias mujeres cada mes.

Pero existe una diferencia esencial entre una sospecha policial y un crimen demostrado.

Nunca apareció evidencia suficiente para atribuirle judicialmente medio centenar de asesinatos.

Por eso resulta más preciso hablar de decenas de posibles víctimas investigadas que presentar el número 50 como una cifra definitiva.

Probablemente nunca se sabrá la magnitud real de sus crímenes.

Pamela Milliken: la mujer de una fotografía que seguía viva

Décadas después ocurrió algo inesperado.

Entre las fotografías encontradas entre las pertenencias de Rhoades había una imagen tomada en 1985 de una joven cuya identidad se desconocía.

Durante años se temió que pudiera tratarse de otra víctima.

En 2015 las autoridades difundieron públicamente la imagen esperando identificarla.

La mujer apareció.

Se llamaba Pamela Milliken y estaba viva.

Había conocido a Rhoades cuando hacía autostop en Canadá. Él le hizo una fotografía al subir al camión y le explicó que acostumbraba a fotografiar a los pasajeros.

Milliken relató posteriormente que mantuvo con él un encuentro sexual que consideró consentido y que Rhoades acabó dejándola en una estación de autobuses.

Sólo muchos años más tarde descubrió con quién había viajado realmente.

Su historia plantea una pregunta imposible de responder.

¿Por qué ella salió de aquel camión mientras otras mujeres nunca lo hicieron?

Cadena perpetua

Robert Ben Rhoades fue condenado por el asesinato de Regina Kay Walters y recibió una pena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

Años después, otros procedimientos judiciales consiguieron relacionarlo también con las muertes de Patricia Walsh y Douglas Zyskowski, y las investigaciones lo vincularon además con Ricky Lee Jones.

La cronología judicial es especialmente complicada porque los delitos afectaban a varias jurisdicciones y durante años hubo extradiciones, cargos retirados y nuevos acuerdos con fiscales. Las propias fuentes divulgativas difieren al resumir cuántos asesinatos deben contabilizarse como condenas diferenciadas.

Lo que no ofrece duda es el resultado práctico: Rhoades fue condenado a permanecer en prisión de por vida.

Fotografía penitenciaria posterior de Robert Ben Rhoades.

Fuente: archivo penitenciario

El asesino de la autopista

El caso de Robert Ben Rhoades resulta especialmente inquietante no sólo por la violencia de sus crímenes, sino por el sistema que utilizó para cometerlos.

Su profesión le proporcionaba simultáneamente movilidad, anonimato y acceso constante a posibles víctimas.

Las carreteras interestatales permitían que un secuestro ocurrido en una jurisdicción terminara convertido en un cadáver sin identificar en otra situada a cientos o miles de kilómetros.

Y en una época en la que las bases de datos policiales estaban mucho menos conectadas que hoy, establecer esas relaciones podía llevar años.

Rhoades convirtió esa fragmentación en una ventaja.

Finalmente no fue un sofisticado operativo del FBI lo que terminó con él.

Fue un policía de carreteras que vio un camión detenido una madrugada de abril de 1990 y decidió comprobar si su conductor necesitaba ayuda.

Dentro encontró a una mujer encadenada.

Aquella mujer sobrevivió.

Y aquella casualidad permitió empezar a descubrir lo que Robert Ben Rhoades había estado ocultando durante años tras las puertas de su camión.

El número exacto de personas que entraron allí y nunca volvieron a salir probablemente seguirá siendo desconocido.

Pero una imagen quedó como testimonio de lo ocurrido: la fotografía de una niña de catorce años, vestida de negro dentro de un granero, levantando las manos ante la cámara del hombre que estaba a punto de asesinarla.

Su nombre era Regina Kay Walters.

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