Sylvia Likens: la adolescente de 16 años torturada hasta la muerte por una familia y sus vecinos
Durante tres meses, Sylvia Likens fue golpeada, quemada, humillada, privada de comida y sometida a abusos sexuales en una casa de Indianápolis. Lo más difícil de comprender es que no hubo un único verdugo: hijos de su cuidadora y jóvenes del vecindario llegaron a participar. Cuando la policía entró en la vivienda el 26 de octubre de 1965, Sylvia tenía 16 años y más de 150 lesiones en el cuerpo.
⚠️ Advertencia: este artículo contiene imágenes reales de la escena del crimen y descripciones de violencia extrema contra una menor.

Sylvia Marie Likens. Tenía 16 años cuando murió el 26 de octubre de 1965. Foto difundida por BioBioChile.
Una casa que parecía una solución temporal
En el verano de 1965, Lester y Betty Likens necesitaban dejar temporalmente a dos de sus hijas, Sylvia y Jenny, mientras viajaban por trabajo. La familia llevaba una vida económicamente inestable y vinculada a ferias ambulantes. Encontraron una solución aparentemente sencilla: las chicas se quedarían en Indianápolis con Gertrude Baniszewski, una mujer de 36 años que vivía con sus siete hijos.
El acuerdo era pagarle 20 dólares semanales por alojarlas y cuidarlas. Al principio, Sylvia y Jenny llevaron una vida relativamente normal: hacían tareas domésticas, salían con otros adolescentes y acudían a la escuela.
Pero la situación cambió con rapidez. Cuando uno de los pagos llegó tarde, Gertrude comenzó a castigar físicamente a las hermanas. Poco después, la violencia dejó de repartirse entre las dos. Sylvia se convirtió en el objetivo principal.

Gertrude Baniszewski, la mujer a cuyo cuidado quedaron Sylvia y Jenny. La imagen compara fotografías de distintas etapas de su vida.
El 3850 de East New York Street
La casa de los Baniszewski estaba en el 3850 de East New York Street, en Indianápolis. No era un lugar aislado: estaba rodeada de otras viviendas y niños del barrio entraban y salían con frecuencia.
Ese detalle es esencial para comprender el caso. La violencia contra Sylvia no permaneció confinada a una relación entre cuidadora y víctima. Con el paso de las semanas, varios hijos de Gertrude y adolescentes del vecindario comenzaron a participar en las humillaciones y agresiones.

La casa de East New York Street donde Sylvia pasó los últimos meses de su vida. Fotografía histórica reproducida por Infobae.
De los golpes a la tortura colectiva
Los castigos fueron aumentando. Sylvia fue golpeada repetidamente, privada de comida y acusada falsamente de promiscuidad. Gertrude convirtió esas acusaciones en una forma de degradarla frente a los demás y alentó a otros jóvenes a participar.
Según los testimonios posteriores, algunos chicos del vecindario llegaron a pagar cinco centavos para ver a Sylvia y participar en las humillaciones. Fue utilizada como “muñeco” para practicar judo, recibió más de un centenar de quemaduras de cigarrillo y sufrió cortes, golpes y escaldaduras. En varias ocasiones fue inmovilizada antes de introducirla en agua extremadamente caliente y frotarle sal sobre las heridas.
La violencia también fue sexual. En uno de los episodios documentados durante el juicio, Sylvia fue obligada a desnudarse y a introducirse una botella de vidrio en la vagina delante de varias personas. No se trataba ya de castigos improvisados: la casa había desarrollado una dinámica en la que torturarla se convirtió en entretenimiento.
En las últimas semanas fue encerrada en el sótano, desnutrida y cada vez más débil.

Uno de los colchones fotografiados durante la investigación de la casa. La policía y posteriormente el jurado documentaron las condiciones en las que Sylvia había permanecido confinada.
La marca que pretendía sobrevivir a la víctima
El 23 de octubre, Gertrude decidió llevar la humillación un paso más allá. Ordenó a Sylvia que se desnudara y comenzó a grabarle en el abdomen, con una aguja calentada, la frase “I'M A PROSTITUTE AND PROUD OF IT” —“Soy una prostituta y estoy orgullosa de ello”—.
Cuando Gertrude se cansó, Richard Hobbs, un adolescente del vecindario, terminó parte de la inscripción. Después intentaron quemar una “S” bajo uno de sus pechos; la marca quedó deformada y parecía un número 3.

Detalle de las marcas realizadas en el torso de Sylvia. La inscripción fue uno de los elementos que más impactaron al jurado y a la opinión pública.
La crueldad tenía incluso una finalidad posterior: Gertrude obligó a Sylvia a escribir una carta destinada a hacer creer a sus padres que había huido y que un grupo de chicos desconocidos la había atacado. El plan era abandonarla en una zona boscosa y utilizar aquella carta como coartada.
“Sé que voy a morir”
La noche del 23 de octubre, Sylvia le dijo a Jenny que sabía que iba a morir. Dos días después intentó escapar de la casa, pero su estado físico apenas le permitía caminar. Gertrude la alcanzó antes de que pudiera salir.
Durante las horas siguientes volvió a ser golpeada. Para entonces estaba gravemente deshidratada, desnutrida y sufría daños neurológicos. En la mañana del 26 de octubre apenas podía hablar ni coordinar sus movimientos.
Por la tarde, varios de los presentes intentaron lavarla y vestirla. Finalmente la colocaron sobre un colchón en una habitación. Poco después dejó de respirar.

Fotografía de Sylvia después de su muerte, publicada posteriormente en distintas reconstrucciones del caso. La imagen muestra el extremo estado de desnutrición y las lesiones visibles.
Más de 150 heridas
Cuando la policía llegó a la vivienda alrededor de las 18:30, encontró el cuerpo de Sylvia cubierto de cortes, hematomas, quemaduras y heridas en distintas fases de cicatrización. La autopsia contabilizó más de 150 lesiones.
La causa oficial de la muerte fue un hematoma subdural provocado por un fuerte golpe en la cabeza, con el shock causado por las lesiones y la desnutrición extrema como factores contribuyentes.
Gertrude intentó entregar a los agentes la carta que había obligado a escribir a Sylvia. Pero entonces ocurrió algo que derrumbó rápidamente la historia preparada por la familia.
Jenny Likens se acercó a uno de los policías y le dijo que le contaría todo si la sacaban inmediatamente de aquella casa.
Los acusados
En diciembre de 1965, un gran jurado acusó de asesinato en primer grado a Gertrude Baniszewski; a sus hijos Paula, Stephanie y John Jr.; y a los adolescentes Coy Hubbard y Richard Hobbs. Otros menores que habían participado o presenciado los abusos terminaron declarando para la acusación.

Gertrude Baniszewski y Richard Hobbs en un recorte de prensa de la época. Ambos fueron procesados por el asesinato de Sylvia.
Un juicio que abarrotó los tribunales
El juicio comenzó en abril de 1966 y atrajo una atención nacional extraordinaria. Durante semanas, el tribunal escuchó cómo una adolescente había sido sometida a una sucesión de abusos mientras adultos y menores entraban y salían de la casa.
Gertrude alegó incapacidad mental. El jurado la declaró culpable de asesinato en primer grado y fue condenada a cadena perpetua. Paula Baniszewski fue condenada por asesinato en segundo grado. John Baniszewski Jr., Coy Hubbard y Richard Hobbs fueron condenados por homicidio.

“Full House For Torture Death Hearing”: la enorme expectación pública que rodeó el caso quedó reflejada en la prensa de Indianápolis.
En 1970, la Corte Suprema de Indiana anuló varias condenas por problemas procesales y ordenó nuevos juicios. Gertrude volvió a ser juzgada en 1971 y fue nuevamente declarada culpable de asesinato en primer grado. Paula se declaró culpable de homicidio involuntario.
Gertrude acabaría obteniendo la libertad condicional en 1985, pese a una campaña ciudadana que reunió decenas de miles de firmas para mantenerla encarcelada. Murió de cáncer de pulmón en 1990.
Lo más inquietante no fue una sola persona
El caso de Sylvia Likens sigue provocando horror porque no encaja en la idea cómoda de un único monstruo actuando a escondidas.
Hubo una adulta que dirigió gran parte del abuso. Pero también hubo hijos, amigos, adolescentes del barrio y personas que supieron que algo extraño ocurría. Algunos participaron activamente. Otros escucharon gritos. Otros vieron lesiones. Y durante semanas nadie consiguió detenerlo.
Décadas después, el nombre de Sylvia fue dado a un centro de defensa de menores en Indiana. Su historia también contribuyó a cambiar la manera en que el estado afrontaba las sospechas de maltrato infantil.
Quizá por eso el caso continúa siendo tan difícil de olvidar. La pregunta no es únicamente cómo Gertrude Baniszewski pudo hacer lo que hizo.
La pregunta más incómoda es cómo consiguió que tantas personas acabaran aceptándolo como algo normal.